GABRIEL SILVA
—Nunca logro que mantengas tu maldito trasero pegado a esa silla durante tus ocho horas laborales —dijo Montalvo entrando a la oficina. No sabía qué hora era—, y hoy llego a primera hora y parece que pasaste toda la noche aquí.
—No parece… así fue —contesté con una voz pastosa. Los papeles ante mí ya no tenían lógica, ni siquiera alcanzaba a leer por el cansancio.
Ante mi incertidumbre, Celeste se había arriesgado a darme un beso. Sus manos sobre mi pecho y sus labios sobre lo