Agarré con fuerza la manga de Daniel mientras las lágrimas fluían sin control alguno.
—¿Por qué no te quedaste un poco más, solo un momento? —le pregunté con nostalgia, recordando aquel año en segundo cuando, deprimida por la violencia pasiva de Sebastián, subí desesperada a la azotea del edificio académico.
En ese entonces estaba algo deprimida y veía a Sebastián como mi tabla de salvación, pero solo logró herirme más. El viento de aquella noche de verano era sofocante mientras miraba distraída