Me levanté y le di una fuerte bofetada. Él giró la cabeza por el impacto y permaneció en completo silencio, mientras yo no podía creer que las heridas que sufrí por él se hubieran convertido en su herramienta para menospreciarme.
Con la mano temblorosa y la voz afónica, le dije:
—Sebastián, eres una basura. Una completa y efímero trozo de excremento.
Él no me miró, quizás porque no se atrevía, y murmuró:
—Lo siento mucho, hablé sin pensar.
Cerré los ojos intentando calmar un poco mis emociones,