ISABELLE
Lo primero que iluminó mi linterna fue una casa, aún en pie pero abandonada, con las ventanas oscuras y sin vida.
Parecía una casa cuyos propietarios se habían marchado por un momento, pero no habían podido volver.
Me acerqué al sofá, donde había una manta extendida, y delante había una mesa con una bolsa de Doritos a medio comer.
Se me cortó la respiración.
«Doritos», dije, sonriendo.
Eran los favoritos de mi padre.
El aire se sentía pesado, espeso, lleno de polvo y telarañas mientras miraba a mi alrededor.
Me acerqué, con mis botas crujiendo contra el suelo, y alcancé la manta. Estaba llena de polvo.
Estornudé por el polvo y la dejé caer.
Junto al sofá había una pequeña mesa de madera con un mantel que me resultaba familiar.
Estaba segura de haber visto el estampado de ese mantel en alguna parte.
Lo levanté, con los dedos temblorosos, y lo sostuve a contraluz. El estampado, de rayas azules y blancas, era uno que había visto mil veces antes.
Era el pañuelo de mi madre