ISABELLE
Lo primero que iluminó mi linterna fue una casa, aún en pie pero abandonada, con las ventanas oscuras y sin vida.
Parecía una casa cuyos propietarios se habían marchado por un momento, pero no habían podido volver.
Me acerqué al sofá, donde había una manta extendida, y delante había una mesa con una bolsa de Doritos a medio comer.
Se me cortó la respiración.
«Doritos», dije, sonriendo.
Eran los favoritos de mi padre.
El aire se sentía pesado, espeso, lleno de polvo y telarañas mie