David se encontraba sentado en un pequeño banquito en la sala de juegos, observando cómo Noah jugaba con los últimos regalos que le había hecho. Era uno de esos momentos tiernos y tranquilos que se habían dado durante los últimos días, y que en verdad atesoraba.
Noah, hasta ese momento concentrado en su juego, alzó la vista y sonrió ampliamente en dirección a su padre.
—Papi, estoy feliz —dijo Noah, con su vocecita cargada de inocencia—. Me encanta que estemos los tres juntos y que tú y mamá ya