Tej.
Siempre odié los hospitales, el olor que emanaba de cualquier rincón, las caras de todos los que también se e encontraban por razones similares. Todo soltaba un aroma a dolor, frustración. Emociones tan negativas que pegadizas que yo mismo deseé desvanecer a como diera lugar, sin embargo, no era una opción que pudiera tomar.
Irene se encontraba recostada en mi hombro, la única forma en que pudiera quedarme quieto era esa. De no ser por ella, de seguro estaría caminando de extremo a otro,