Celeste ya no sabía que era peor, sus fines de semanas caóticos o sus días de semana solitarios que daban mucho a que pensar.
Ya había limpiado la casa unas 100 veces para distraer su mente y ya nada había que hacer. Frustrada, se acostó boca arriba en su viejo sillón con las piernas contra la pared y su largo cabello rubio cayendo como una cascada hacia el suelo.
“¿Y si adopto un cachorro?” Pensó a sus adentros.
“No no, eso no va a solucionar tu mal de amor” Le dijo la vocecita de su cabe