Valeria, aún algo pálida y con un brazo enyesado, llegó a su casa acompañada de Ava y Sebastián. La casa, habitualmente acogedora y cálida, se sentía ahora como un refugio necesario tras el tumulto del accidente. La lluvia seguía golpeando las ventanas con fuerza, como si el mundo exterior quisiera recordarles la fragilidad de la vida.
Al abrir la puerta, Valentina, su hermana, la esperaba con ansias. Sin decir una palabra, corrió hacia Valeria y la envolvió en un abrazo cálido y apretado. Vale