Caía la noche y aún seguía encerrado en el despacho, José entró para preguntarle si quería cenar puesto que no había indicado nada al respecto. Comer era lo último que le apetecía en ese momento, la conversación con su hermana había aumentado su malestar, sólo tenía ganas de retorcer el cuello a esas dos jóvenes estúpidas que no paraban de darle problemas, lo que daría por chasquear los dedos y que desaparecieran de su vida. Suspiró antes de responder al fiel empleado que no tenía culpa de na