Escuchó entrar a Lisbeth por la puerta del vestíbulo, habló con ella el primer día a su llegada, y luego desde de la nefasta cena con los Montrail prácticamente no se habían visto. Lisbeth entraba y salía de la casa sin decir adonde iba. Seguramente con los vecinos, o al menos era eso lo que esperaba. No eran santo de su devoción, pero prefería que su hermana estuviese con ellos a que anduviese sola por ahí, sin saber adonde ir. Le urgía hablar seriamente con ella, descubrir lo que pensaba