Montrail terriblemente contrariado, dejó el cuchillo encima de la cama y empezó a golpearla con violencia en la cara hasta que consiguió que gritara de dolor y pidiera auxilio, ahora si empezaba divertirse. Le repetía una y otra vez: - Te gusta verdad… te gusta…
Se abrió la puerta violentamente y sin tiempo para volverse a mirar unas manos fuertes lo aferraron arrancándolo violentamente de encima de la mujer:
Quita tus sucias manos de mi esposa, ¡Maldito sádico! – Gritó un enloquecido Daniel al