Jennifer siguió llorando como una niña. Se sentía tan sola, tan traicionada, tan tonta.
Y él ni siquiera pedía perdón.
—Jennifer…
—Quiero el divorcio —dijo ella de repente, y lo sintió reír.
—No te lo daré.
—No quiero seguir contigo. Eres un monstruo, capaz de destruir a otro con tal de conseguir tus objetivos.
—Lo hice por una razón.
—Tu razón me vale mierda —dijo ella con voz impregnada de odio—. Si tu afán es descubrir quién mató a tus padres, no me importa; yo ya descubrí quién mató al mío