Capítulo 34: El amor eterno.
Narra la autora:
El viento, se colaba gentilmente entre las altas copas de los árboles y los abedules con sus troncos blancos, parecían resplandecer casi de manera mística bañados a la luz de la luna. La noche y su manto de penumbra, eran el refugio del vampiro; el único momento en que podían caminar por la vasta tierra del señor sin sufrir el castigo del sol…aquel sol al que existían anhelando.
Jenica Petre admiraba con sus ojos tristes el resplandor de la luna llena que bañaba los bosques esa