El agente Ortega bajó de su auto, se quitó las gafas para el sol y con profunda seriedad se identificó con el guardia que custodiaba la casa de Samantha. Solicitó que les avisaran a los dueños que se encontraba ahí.
Óscar frunció los labios y aceptó que el agente pasara a su despacho, en donde ya lo esperaba.
Rafael ingresó a la oficina.
—Buenos días —saludó.
Óscar se aclaró la garganta.
—Que tal —mencionó seco—. Tome asiento —solicitó lo más amable que podía.
—Gracias —respondió Rafael