Austin me invitó a comer algo. Al principio me negué, pero mi estómago comenzó a rugir avergonzándome frente Austin quien intentó esconder su sonrisa de burla.
—Ya no insistas, vamos a comer. — A regañadientes lo seguí. Íbamos en el auto y en un semáforo se puso a revisar al en el teléfono.
—¿Conoces algún buen restaurante? — Lo pensé. El pueblo tenía un par de restaurantes de cuatro estrellas y el resto eran cafeterías famosas, las cuales eran aun mejores para los turistas. Pero conociendo a