"¿Tiene el pelo tan blanco? Es raro", oí decir a alguien.
Los ignoré mientras seguía mi camino. Pero en un cruce, la señora Zora vino a estrellarse contra mis pies. Me sobresalté y retrocedí unos pasos. Lloraba amargamente.
"Por favor, por favor", gritó, sujetando el dobladillo de mi vestido.
Me sentí avergonzada por el espectáculo y los ojos que me miraban. Todo esto podía ser una prueba. Querían conocer mi capacidad de decisión, o era otra trampa de la que querían hacerme víctima.