Michael estaba sentado sobre la banca, tenía sus codos apoyados en sus piernas y con sus manos se sostenía la barbilla. Su rostro estaba de piedra, congelado miles de emociones desoladoras golpeaban cada recoveco de su alma. Santiago estaba a su lado, silencioso y con la vista perdida en el horizonte, oscurecido
—No me puedo creer que Julia… ¡Julia Greene!, la misma que conocimos, haya sido capaz de algo así —dijo Michael trastornado por el relato que recién había terminado Santiago—. Claro que