Damian caminó con pasos pesados hasta la cama que alguna vez perteneció a su esposa. Se dejó caer sobre las sábanas impecables, buscando quizás un rastro de su esencia en el silencio de la habitación, y el agotamiento del alcohol finalmente lo venció, hundiéndolo en un sueño profundo y pesado.
A la mañana siguiente, el sol de Honduras pegaba con fuerza sobre la obra, pero Adelina no lograba concentrarse en los planos. Sus ojos se desviaban constantemente hacia el teléfono, consumida por la duda