Al oír que llamaban a la puerta de su gélido despacho, Damian Thorne ni siquiera levantó la vista del informe financiero. —Adelante —dijo con esa calma que precedía a las tormentas.
Claude entró con pasos cautelosos, midiendo cada centímetro de la tensión que emanaba de su jefe. El reloj marcaba más de las siete de la noche y la oficina se sentía como una tumba de cristal. —Señor Thorne, ya es tarde. ¿Quizás debería cenar algo primero?
Damian permaneció en silencio unos segundos más antes de re