Fiona, con un brillo de astucia en los ojos, le dijo a su amiga: —Abriré la puerta solo lo suficiente para traer la comida, pero no pienso dejar que Damian ponga un pie aquí todavía.
Adeline asintió, agradeciendo la complicidad. Fiona entreabrió la puerta y, con voz firme, le dijo a la empleada: —Helena, dame el recipiente. Ya puedes retirarte, nosotras nos encargamos.
Helena se quedó desconcertada y buscó con la mirada la aprobación de Damian. Él, con una sonrisa enigmática que no presagiaba n