Ivy, con un brillo de astucia en los ojos, le dijo a su amiga: —Abriré la puerta solo lo suficiente para traer la comida de las manos de Helena, pero no pienso dejar que Damian ponga un pie aquí todavía. No ha hecho méritos para respirar el mismo aire que tú.
Adeline asintió, agradeciendo profundamente la complicidad de su amiga. Ivy entreabrió la puerta y, con voz firme, le dijo a la empleada: —Helena, dame el recipiente de una vez. Ya puedes retirarte, nosotras nos encargamos de todo aquí ade