Laia.
Me había duchado, todavía era de madrugada y yo no podía creer que habíamos cumplido con nuestro objetivo. Me senté en la cama a esperar a Caleb.
No tardó mucho en salir del baño con una toalla diminuta que solo cubría sus partes íntimas. Las gotas de agua recorrían su torso desnudo, y con otra toalla secaba su húmedo cabello.
—Al fin podemos estar tranquilos, ¿verdad? —hablé, rompiendo el silencio que se creó.
—Fue más fácil de lo que esperaba —respondió, sin darle importancia—. Aunque d