Laia.
Leo estaba frente a mí en la mesa. Fingíamos ser clientes importantes, de esos con los que cualquiera querría hacer negocios.
Por suerte, nuestras vestimentas apoyaban en esa idea. Ese hombre me tenía sintiendo unas extrañas mariposas y no sabía si era un simple capricho fugaz, o se trataba de algo mayor.
—¿Crees que Caleb se enoje conmigo? —cuestionó, casi en un murmuro.
—Leo —reproché, susurrando—. Recuerda que aquí debemos llamarlo Elías.
Tanto el nombre de Caleb como el mío, eran cono