Luego de dos horas más aburridas de clase, el timbre sonó anunciando la hora del almuerzo. Salí del salón y me dirigí a mi casillero para guardar mis cosas.
—Así que ahora se te dan los perdedores —escuché esa molesta y chillona voz a mi lado—. Sabes, había escuchado los rumores, pero no lo creí. Digo, a ti solo te gusta estar rodeada de los chicos malos. ¿Ya no es así?
Apreté la mandíbula.
—Eso sería solo mi problema.
Cerré la puerta del casillero con fuerza y me giré para encarar a Eliz