Luego de dos horas más aburridas de clase, el timbre sonó anunciando la hora del almuerzo. Salí del salón y me dirigí a mi casillero para guardar mis cosas.
—Así que ahora se te dan los perdedores —escuché esa molesta y chillona voz a mi lado—. Sabes, había escuchado los rumores, pero no lo creí. Digo, a ti solo te gusta estar rodeada de los chicos malos. ¿Ya no es así?
Apreté la mandíbula.
—Eso sería solo mi problema.
Cerré la puerta del casillero con fuerza y me giré para encarar a Elizabeth.
—Vamos, dime, ¿qué estás tramando ahora? —fingió interés—. Tú nunca te acercas a alguien si no es con algún propósito. Esto me provoca mucha curiosidad, ardilla —escupió con burla.
Me acerqué a ella de forma amenazante.
—Jamás en tu vida vuelvas a llamarme de esa forma.
Agarré sus mejillas con una mano— Jamás te metas o cuestiones mis asuntos. Sabes muy bien de lo que soy capaz y no quiero olvidar quién fuiste en mi vida y tener que darte una advertencia por tu curiosidad. La curi