Asomándose con suma cautela, Nadia estaba preparándose para escapar sin ni siquiera cambiarse de ropa. Sin embargo, justo en ese preciso momento, apareció una persona por la esquina del pasillo.
—Señorita Vázquez.
Nadia detuvo al instante sus pasos y giró la cabeza hacia esa dirección.
—¿Álvaro? ¿No te habías ido? —Preguntó asombrada.
—Puede estar tranquila, señorita Vázquez, ya está a salvo —la tranquilizó el hombre. Nadia caminó muy eufórica hacia él.
—Álvaro, ¿te pidió Luna que vinieras a rec