—Simón… Yo... yo te amo, mi corazón no está sucio en lo absoluto —rogó Ada en tono suplicante.
Los ojos de Simón reflejaron una pizca de dolor, giró la cabeza para mirar hacia al techo y habló con frialdad:
—¡Si estás sucia, sucia estás! Si aún tienes un ápice de dignidad, deberías firmar el acuerdo de divorcio cuanto antes. Ada de verdad me das asco.
—Simón... no estoy sucia... Nunca más volveré a hacerlo, ¿me darías una última oportunidad, por favor? Simón... —le suplicó ella muy desconsolada