En el sofá de la lujosa sala privada, el aroma del desenfreno y el alcohol flotaban en el aire nocturno. Encima de él, un hombre y una mujer se enredaban con locura. Mientras estaban envueltos en la pasión, la puerta de la sala se abrió con un gran estruendo. Un fuerte golpe la hizo abrirse de repente.
El camarero intentó detener al intruso.
—Señor, no puede entrar acá.
María tomó sin querer un poco de la droga del enamoramiento y confusión que se puso en los labios, por lo que comenzó a sentirs