—Estoy muy bien, no me duele.
Nadia dijo esto solo porque no quería que Luna se preocupase. Ella nunca había tenido que mancharse las manos, así que siempre había tenido la piel blanca y suave, pero, tras pasar estos tres años de tortura, sus manos estaban totalmente cubiertas de cicatrices y se habían vuelto ásperas y muy feas.
Álvaro se acercó y le recordó con delicadeza:
—Señorita, ya casi es la hora, debemos irnos.
También se acercó un oficial de policía, el cual le preguntó:
—Señorita Vázqu