Un fuerte empujón hizo que Luna cayera bruscamente al suelo. Sus manos se cortaron con los pedazos de vidrio y sintió un dolor punzante. La sangre se deslizaba con rapidez por sus palmas, manchando así el dobladillo de su ropa.
Gabriel mostró un abismo de compasión en sus ojos y dio medio paso hacia adelante, pero al instante se detuvo y esa emoción desapareció por completo. Se dio la vuelta, resistiendo la tentación de mirarla, y miró hacia afuera del gran ventanal de la habitación. Entrecerró