La sirviente recogió los platos intocados y salió sin atrever a detenerse.
En la puerta, la sirviente vio a Luna acercándose cautelosamente.
—Señorita Luna.
Luna le echó un leve vistazo.
—¿Todavía no ha comido?
La sirviente afirmó con la cabeza, muy preocupada.
—Debería usted ir a ver al joven maestro.
Luna miró la puerta cerrada del estudio.
—Ve y trae algo más para comer.
—Está bien.
Luna tomó el botiquín y se detuvo en el pasillo. El gesto de golpear la puerta se detuvo. La tenue luz amarilla