Luna no tenía ninguna intención de mostrarse disgustada, solo creía que este restaurante era difícil de encontrar en un callejón tan apartado.
En pocos minutos, los demás ya habían pagado y se habían ido. Solo quedaban ellos dos allí. El dueño era un noble anciano de unos sesenta años. Ahora no tenía trabajo que hacer, así que aprovechando tiempo, estaba cosiendo algo con lentes bifocales. Sin embargo, no podía pasar el hilo por el ojo de la aguja. Le pidió ayuda a Sergio:
—Ayúdame con eso.
Ser