Ryle observó con dolor como las palabras llenas de odio abandonaban la boca de su madre, y retorciéndose bajo las cálidas cobijas, tembló. Sus ojos aguándose prontamente.
— Vamos, — empujándola levemente, el hombre de ojos mieles sacó a Angela de la habitación. Histérica, como Leonidas no quería recordarla. Pero la insufrible presencia de ella pasó a segundo plano cuando la puerta se cerró y sus ojos pasaron a observar nuevamente al omega sobre la cama.
No lo pensó, simplemente corrió hacia é