Era hora de destrozar al jodido Miguel, y cuando el enojo comenzó a cegarlo, supo que era demasiado tarde.
— Vas m— muy rápido, Leo — apenas logró murmurar el menor. Pero Leo hizo oídos sordos, porque él estaba concentrado en otras cosas.
Y lo siguió estando cuando pasó un semáforo.
Y no notó que otro auto venía en dirección opuesta.
Y sólo sintió el tremendo impacto, seguido del estridente grito que su precioso dulce dejó salir.
Leonidas abrió los ojos de manera exaltada.
De inmediato, el