De regreso en el auto, y escuchando la ligera música que se colaba por los pequeños espacios del vehículo, Leonidas sintió su teléfono vibrar en el interior de su bolsillo, y no previniendo la sonrisa azorada que se postró en sus labios, le entregó el objeto al omega, quien no dudó en poner el altavoz.
— ¡Jacobshi! — Chilló, ansioso. Leonidas soltó una pequeña risa, al igual que el Enigma a través de la línea, y acomodándose mejor en el puesto, los ojos mieles parecieron perderse en la carrete