Nala
Esperaba que fuera el viento el que cerrara la puerta. O tal vez una bisagra rota. O los diablos, incluso aceptaría un fantasma merodeando y jugando con nosotros.
Pero mis esperanzas se desvanecen en el momento en que entró a trabajar a la mañana siguiente.
Los susurros rugen como la pólvora. Ojos curiosos. Ojos enojados. Ojos celosos. Todos están dirigidos a mí.
Mis dedos cavan y giran en mi bolso.
Solo sé normal.
Es más fácil decirlo que hacerlo cuando mis compañeros de trabajo me miran