Al ver a Pedro sosteniendo la espada negra, todos quedaron atónitos, un poco incrédulos.
No podían creer que la espada, que no habían logrado mover ni con un esfuerzo titánico, hubiera saltado por sí misma y, además, volado directamente hacia las manos de Pedro.
Lo más aterrador era que, de principio a fin, Pedro ni siquiera había tocado la espada.
Simplemente extendió dos dedos y la atrajo desde el aire.
Entonces, como si hubiera sido llamada, la espada se levantó de repente del suelo y cayó pr