—¿Qué? —Pedro frunció el ceño ligeramente y retrocedió un paso, aumentando la distancia.—Puedo no revelar tu identidad, pero sería mejor que te comportaras; estaré vigilándote.
—¿Vigilándome? —Zoraida mordió su sensual labio rojo.—Voy a darme una ducha en un rato, ¿quieres seguir vigilando?
—¡Loca!
Pedro, sin ganas de seguir la conversación, simplemente pasó junto a ella y subió las escaleras para descansar.
Por el momento, se podía afirmar que Zoraida no tenía intenciones hostiles, pero con ese