En ese momento, de repente irrumpió en el salón un grupo de personas.
Todos eran soldados armados hasta los dientes, emanando un aura asesina.
Tan pronto como entraron, rodearon a Pedro, con los cañones de sus armas apuntándole.
Solo esperaban una orden para dispararle en el acto.
—¡Valente! ¡No le hagas daño!—exclamó Leticia.
—Si la Srta. Leticia lo dice, naturalmente le haré el favor —Valente sonrió ligeramente, limpiándose la sangre de la comisura de su boca, y luego hizo un gesto con la mano