Zenón se quedó petrificado.
Miró con los ojos muy abiertos la daga en su pecho y luego a Zoraida, quien sonreía.
En su rostro pálido, se mezclaban el asombro, la confusión, la duda y la incomprensión.
Todo sucedió tan repentinamente que, incluso después de que la daga se clavó en su pecho, todavía no podía creerlo.
—¿Por qué?
Zenón, no podía creerlo.
Nunca imaginó que su discípula más querida, a quien tanto había mimado, intentaría matarlo.
—Estás gravemente herido y tu fuerza ha disminuido cons