—Ya, ya, no llores más, ¿acaso no estoy vivo? —Pedro le dio unas palmaditas en la espalda a Leticia, intentando consolarla.
Era la primera vez que se abrazaban tan fuertemente.
Inhalando el seductor aroma del otro, sintiendo la sorprendente elasticidad contra su pecho, Pedro no pudo evitar sentirse un poco conmovido.
—¿Cómo puedes decir eso? ¡Casi mueres hace un momento! —Leticia golpeó su pecho con un puño.
—No tuve opción, tú me pediste que saltara del edificio —Pedro se mostró inocente.