—Tú...
El líder del grupo, sofocado por la ira, expulsó una bocanada de sangre negra y murió al instante.
En escasos tres minutos, todos los matones yacían muertos en el suelo.
—Pedro, todos los que estorbaban ya están muertos. Ahora, solo quedamos tú y yo —dijo la mujer del velo con una risa coqueta, acercándose con gracia y sentándose suavemente al lado de Pedro—. Acabo de encargarme de tus problemas. ¿No crees que deberías agradecérmelo?
—Ellos no eran un problema para mí. Así que, vamos al g