Rodeado por la belleza en sus brazos y disfrutando del familiar aroma que emanaba de ella, Pedro no pudo evitar sonreírle con cariño.
Era evidente para él que ella estaba realmente preocupada por su bienestar.
De otro modo, no habría llorado tan amargamente.
—Ya, ya, no llores más. Mi camisa está totalmente mojada, y la acabo de comprar hace un par de días. —Dijo Pedro finalmente, tras sostenerla con gran afecto en sus brazos por un momento.
—¡Pues te la reembolso y ya! —Leticia soltó sus bra