—¡Hermano mayor!
—¡Diego!
Al ver a Diego lanzado por el aire, todos los que estaban cerca se sobresaltaron.
Se miraban entre sí, mezcla de asombro y furia.
Nadie había anticipado que Adolfo, con su abdomen gravemente herido, todavía tendría tal nivel de habilidad.
—¿Cómo te atreves a ponerme un dedo encima?
Diego se sostenía el pecho dolorido, lleno de rabia.
¿Un desecho expulsado de su escuela, de dónde saca la audacia para ser tan insolente?
—¿Qué importa si te golpeo? No haberte matado ya e