Resultó que la persona que había capturado era el primogénito de la familia González, una figura cuyo mero pisoteo podía hacer temblar a un ejército completo.
—Estamos perdidos... completamente perdidos... —murmuró.
Al escuchar el nombre de Hernando, Enrique, que estaba al lado, mostró una expresión de desesperanza. En un momento, lamentó tanto que sentía que sus entrañas se volvían verdes. Jamás debió intentar vengar a Ramiro, un hombre que había perdido ambos brazos y estaba inutilizado desde