Al regresar a la Clínica Bueno y Feliz, Pedro empezó a ahogar sus penas en alcohol, tragando un vaso tras otro sin parar. Su rostro permanecía inexpresivo, pero en su interior, la inquietud era palpable. Tal vez era hora de soltar los lazos de un amor que había durado tres años.
—¡Doctor! ¡Doctor!
Justo cuando Pedro comenzaba a sentir el efecto del alcohol, un frenético golpeteo en la puerta irrumpió el silencio. Al abrir la puerta principal de la Clínica Bueno y Feliz, se encontró con dos jóve