Al descubrir la verdadera identidad de Pedro, Roman quedó devastado. Era como si su alma hubiera abandonado su cuerpo; sus ojos carecían de toda vida. Sabía que estaba acabado, y que no había rescate posible.
—Llévenselo —ordenó Ramón, haciendo que ataran a Roman y lo pusieran en un vehículo.
A pesar de conocer la terrible verdad, Roman estaría condenado a pasar el resto de su vida en la prisión negra. La única salida sería la muerte y su posterior cremación.
—¡Alto! ¿Qué están haciendo? ¡Dejen