—¡Roman! ¡Sal y enfréntate a tu destino!
Un grito furioso retumbó como un trueno en el aire sobre la hacienda.
Roman, quien acababa de salir, se irritó hasta el límite al oír estas palabras.
—¿Quién es este idiota que se atreve a causar estruendos en mi hogar?
Lleno de rabia, Roman salió a paso firme. Pero al ver a Pedro no muy lejos, sus pupilas se contrajeron ligeramente, mostrando sorpresa.
—Así que eres tú, ¿no te habían detenido? ¿Cómo lograste escapar?
Sabía que había sobornado a Ignacio p