—¿Esposa? —Teobaldo la miró detenidamente, y en un instante, abrió los ojos de par en par—. ¿Cómo te has lastimado así?
—Fue él... ¡Todo fue obra de ese hombre!
Sabrina, temblorosa, extendió su mano señalando a Pedro.
—¿Fuiste tú? —Teobaldo giró la vista hacia donde señalaba, y su rostro se ensombreció rápidamente—. ¿Golpeaste a mi esposa?
—Sí, fui yo —Pedro asintió, admitiéndolo tranquilamente—. Esta mujer desvergonzada era tiránica e insoportable, solo le estaba dando una lección.
—¡Qué valien