Alvaro miraba a Delicia, quien ya estaba furiosa hasta cierto punto, y luego observó con calma el teléfono dentro del tazón.
—¡Déjalo!
—Ven aquí. —dijo con dos palabras cortantes, llenas de una autoridad incisiva.
Delicia permaneció sentada, sin moverse, su intención de desafiarlo era evidente.
El hombre rugió:
—¡Todos ustedes, fuera!
Los presentes, al oír esto, huyeron como si les hubieran concedido un indulto.
Solo quedaban Delicia y Alvaro. El hombre se levantó, avanzando hacia ella con pas