Lizzie
Jamás imaginé que Stefan haría algo como esto. Es un lindo gesto, pero inusual, al fin y al cabo. Si le muestro la tarjeta a mi abuela, enloquecerá, sin embargo, no tengo manera de ocultarla. Ya la ha visto.
—¿Quién lo manda, Lizzie?
—Mmm, Stefan.
—¿Qué? No puede ser, a ver dame.
Prácticamente me arranca la tarjeta de la mano, se pone a leerla y una sonrisa se le forma en los labios.
—¡Qué considerado! ¿Cómo supo dónde vivimos?
—Para el contrato de trabajo había que poner la dirección.
—