Esa mañana, tras haber pasado la noche con su amante, Alice entró a la mansión con sumo cuidado, procurando no hacer ruido para evitar que su padre la viera llegar a esa hora. Sin embargo, apenas cruzó el vestíbulo, se detuvo en seco.
Charles estaba allí, sentado en el sofá, esperándola.
—Bravo… bravo. —aplaudió con total sarcasmo.
Alice lo miró, sorprendida.
—Papá… ¿qué haces despierto a esta hora?
Él se puso de pie lentamente, cruzándose de brazos.
—Eso mismo te pregunto yo —respondió